Al intentar analizar estos sucesos traumáticos de un modo que mitigue – al menos en un cierto grado – los peligros que para la seguridad israelí han engendrado las expulsiones, es importante identificar estos mitos y disiparlos de una vez. Porque si no lo hacemos, nos encontraremos de nuevo librando un combate al alza para dispersar estas mentiras después de que el siguiente muerto se haya achacado a favor de aún más retiradas y expulsiones israelíes – esta vez de Judea y Samaria.
Y por eso, incluso mientras nuestras almas lloran de dolor y miramos fijamente el cuadro de 8000 patriotas judíos transformados instantáneamente en judíos vagabundos en la Tierra de Israel, nuestro deber es hacer que trabajemos para evitar mayor destrucción.
El mito fundacional de la Izquierda es que el extremismo judío, no el terrorismo palestino, es la causa de los presentes peligros para la seguridad de Israel y la fuente de las constantes guerras que nos han plagado desde el amanecer del Sionismo moderno. Lo que vimos esta semana fue que estas personas – a las que un reportero británico que estaba en el exterior de la sinagoga del Neveh Dekalim ahora en ruinas aludió tan elocuentemente el pasado jueves como “lo más duro de los colonos duros" – son de todo excepto radicales.
Los residentes expulsados de Gush Katif – desde los granjeros de Atzmona, Katif, Netzarim, Netzer Hazani o Kfar Darom, los surfistas y pescadores de Shirat Hayam, los eruditos de la Torah de Neveh Dekalim y las madres de Gadid – no son ni “duros” ni “extremistas”. Son lo más refinado de los hijos e hijas de Israel. Son los soldados más valientes del ejército y los ciudadanos más patriotas que Israel haya producido.
Esta verdad quedó expuesta ante todos en su hora más oscura. Mientras eran físicamente desahuciados de sus hogares y sinagogas, se comportaron con el patriotismo, el heroísmo y la humildad más exquisitos. En combate, el heroísmo es una cuestión de sentido común – de supervivencia. El patriotismo en el campo de batalla de la guerra está claro y campante por todas partes. Estás ante un enemigo dedicado a tu destrucción física, y tu tarea es matarle primero al tiempo que proteges a tus camaradas.
El heroísmo que mostraron los judíos de Gaza y el norte de Samaria ante su propia destrucción es en conjunto, de otro orden. Al hacer frente a su propio ejército, en primera instancia, afrontaron una elección terrible. ¿Luchan contra sus paisanos para mantener sus comunidades, o aceptan su destino cruel e inexplicable?
Pero aún así, la verdad de la cuestión es que éste nunca fue su dilema. Un vistazo a los murales de las paredes de las escuelas de Atzmona y Neveh Dekalim y una mirada a las caras de estos judíos mostraban claramente que para los residentes de Gush Katif, no hay diferencia entre su fe en el Dios de Israel y su lealtad al Estado de Israel. Su dilema, como demostraron los hechos, era de una naturaleza distinta y más tortuosa. Dada su completa lealtad al estado, ¿cómo abandonar el trabajo de sus vidas y mantener aún su honor y el honor del trabajo de las manos de las tres últimas generaciones?
En esta mezcla casi surrealista, los judíos deportados encontraron el camino dorado. El éxodo de los judíos de Netzarim de su sinagoga, permaneciendo detrás de su menora; el abrazo de los residentes de Katif y de Atzmona a las fuerzas de la policía y el ejército que llegaron para desahuciarles, seguido de los éxodos silenciosos de sus casas – estas decisiones, y un millón más grandes y pequeñas, expusieron como mentiras la propaganda de que estos judíos eran un obstáculo para la paz. Expuso como mentira las insistentes arengas de la Izquierda y la comunidad internacional de que estos patriotas pacíficos, dentro o fuera de sus comunidades, manifiestan de algún modo, forma o variante un obstáculo para la paz con un socio árabe creíble que esté dispuesto a aceptar la coexistencia con el estado judío, cualesquiera que sean sus fronteras.
CUANDO CONTRASTAMOS el comportamiento de los residentes desahuciados con el de los palestinos del momento, también vemos que para los palestinos, el terrorismo no es un arma de debilidad o una prueba de desesperación, sino una elección estratégica. Es un arma que les define como una sociedad con tanta moderación y humildad como las que se achacan a los hoy judíos sin techo de Judea y el norte de Samaria.
Mientras el ejército y la policía atravesaban las puertas de Neveh Dekalim, el primer ministro de la Autoridad Palestina, Ahmed Qurei, atravesaba las puertas del Damasco. Allí se reunió con los dirigentes de Hamas y la Jihad Islámica, y negoció un acuerdo según el cual sus fuerzas de Gaza, Judea y Samaria no serán desarmadas ni perjudicadas en ningún sentido. Al salir de la reunión con Qurei, los dirigentes de Hamas y la Jihad Islámica declararon a los reporteros que no hay motivo para una guerra civil palestina, puesto que comparten la estrategia de la AP.
Durante las dos últimas semanas, Gaza ha sido escenario de un gran desfile, con terroristas armados de todas las facciones caminando por la calle y declarando la victoria. Las banderas y las pintadas reflejan toda la historia: “Cuatro años de intifada: Victoria; Diez años de Oslo: ¡Nada!” Los propios líderes del terror han celebrado conferencia de prensa tras conferencia de prensa diciendo que desplazan su batalla a Judea y Samaria y que transferirán sus misiles y morteros a los límites de los centros urbanos de Israel – Tel Aviv, Jerusalén, Hadera, Netanya.
Mahmoud Abbás, el cacique de la AP, ha despreciado repetidamente la retirada de Garza, diciendo con sarcasmo que el área comprende “solamente el 5% de Palestina”. Al igual que sus lugartenientes Mohammed Dahlán y Qurei, Abbás ha amenazado en varias ocasiones con que a menos que Israel apostille la retirada de Gaza con más retiradas de Judea, Samaria y Jerusalén, el terror continuará. Y ya continúa. El jueves, de nuevo cayeron misiles sobre Sderot, y la noche del miércoles, Shmuel Mett fue apuñalado hasta morir.
Es importante notar todo esto porque ni la Izquierda israelí ni la Secretario de Estado norteamericana Condolizza Rice ni se han molestado en esperar hasta que el desahucio de los judíos de Gaza y el norte de Samaria estuviera completado, para afirmar francamente que el siguiente paso tiene que ser mayores expulsiones de judíos de Judea y Samaria y más transferencias de tierra a los palestinos. La noción, como el ex primer ministro Ehud Barak dijo en una entrevista radiofónica la semana pasada, es aparentemente que dado que es tan fácil expulsar a los judíos de sus casas, bien podemos hacerlo más veces. El hecho de que esta lógica niegue la verdad general que quedó clara de una vez por todas esta semana – que los judíos no son el problema, la adicción palestina al terror y la destrucción es el problema – no importa ni a Barak ni a su coro de acompañamiento de bobos europeos y norteamericanos.
PERO ANTES DE QUE nos encontremos frente a aún más retiradas y expulsiones, acordadas entre bambalinas lejos del escrutinio público, entendamos que las retiradas de Judea y Samaria manifiestan un peligro de una magnitud mucho mayor que la retirada de Gaza enfermizamente concebida. Y dejemos que los hechos hablen por sí mismos.
El viernes pasado, un escuadrón de al-Qaida atacó el aeropuerto de Eilat con misiles Katyusha lanzados desde Jordania. Jordania, como sabemos, es un país que en la práctica trabaja para expulsar a las células terroristas. Y aún así, a pesar de los mejores esfuerzos del reino, no ha tenido éxito. En contraste, de nuevo, la AP ha convertido su territorio en uno de los asilos para terroristas más seguros del mundo. Si los misiles Kassam y Katyusha en el sur de Gaza o Áqaba suponen un peligro para la vida de los civiles de la periferia, el peligro que constituirán las armas si son lanzadas desde Judea o Samaria representa una amenaza estratégica para el estado.
De empezar a caer misiles Katyusha en las pistas del Aeropuerto Ben-Gurión o en la autopista Tel Aviv-Jerusalén, la economía de Israel simplemente dejaría de funcionar. Dado el estado de la sociedad palestina y la simple geografía, pensar que cualquier retirada de Judea y Samaria supondría algo más que permitir y animar tales ataques es tan incoherente lógicamente como ridículo estratégicamente.
Además, la Izquierda de Israel lleva argumentando que la amenaza del este ha desaparecido desde la invasión de Irak liderada por Estados Unidos, y como resultado, Israel ya no necesita más fronteras defendibles. Según esta lógica, Israel puede y debe entregar el Valle del Jordán densamente poblado a la OLP. Pero el ruido que llega estos días desde Irak y Washington cuenta una historia completamente distinta. Mientras que es cierto que el Presidente norteamericano George W. Bush ha prometido permanecer en Irak hasta que el gobierno iraquí sea capaz de mantener la seguridad, no hay motivo para pensar que tal gobierno estará en paz con Israel.
Desde que derrocó el régimen de Saddam, Estados Unidos no ha hecho absolutamente nada para desalentar el contínuo rechazo iraquí al derecho a existir de Israel o las declaraciones belicosas a favor de la destrucción de Israel que se han escuchado desde todos los barrios.
El mejor panorama para Israel desde un Irak post-retirada norteamericana es que Irak se comporte de manera similar a Arabia Saudí en su trato con el estado judío, es decir, no luchar contra nosotros activamente, pero financiar y entrenar a terroristas que luchen contra Israel y mantengan su posición estridentemente anti-Israel tanto en foros internacionales como en su propia sociedad. En cualquier caso, no ha habido ninguna indicación de ningún tipo de que a Washington le importe animar las relaciones pacíficas entre Israel y el Irak post-Saddam, y en consecuencia, que los líderes israelíes consideren retirarse de nuestra frontera este en el Río Jordán es simplemente irresponsable.
Las dos últimas semanas han sido en realidad iluminadoras. Pero la responsabilidad de todos a los que les preocupa la seguridad de Israel y la futura viabilidad tanto israelí como internacionalmente es señalar sin descanso las verdades que han quedado en evidencia. Porque contra esta realidad evidente por sí misma, las fuerzas ya se han alineado para sembrar las mismas políticas que han sido refutadas por la realidad durante los 12 últimos años. La pesadilla que Israel ha sufrido con la destrucción de la Gaza y el norte de Samaria judíos tiene que ser el punto de partida de un nuevo periodo nuestra historia. Y este período sólo puede comenzar con la condena de la mitología de la Izquierda
domingo, 4 de noviembre de 2007
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